SOBRE PAPUA    PAPUA

Irian Jaya, cuyo nombre oficial adoptado en 2002 es Papúa, ocupa la mitad occidental de la isla de Nueva Guinea y constituye la mayor y más montañosa de las provincias de Indonesia. Hoy en día los nativos de esta provincia prefieren llamarse a sí mismos Papuanos antes que Irianeses.

La isla de Nueva Guinea, segunda en tamaño de todo el mundo, fue descubierta por los portugueses en el siglo XVI y la denominaron Ihlas dos Papuas, isla del pelo rizado, en una mezcla de idiomas portugués y malayo. Posteriormente los holandeses le dieron el nombre de Nueva Guinea, dado el color negro de sus habitantes, muy parecido al de los de la Guinea africana.

Bajo el argumento de que se trataba de una reclamación histórica, Indonesia (independiente desde 1945) anexionó la entonces Nueva Guinea neerlandesa en el año 1963, dándole el nombre de Irian Jaya o “tierra caliente victoriosa”, si bien sus habitantes no aceptaron a sus nuevos gobernantes, dando esto lugar a la creación de un movimiento independentista, que aún hoy sigue activo cerca de la frontera con Papúa Nueva Guinea.

Aún tratándose de uno de los rincones más remotos y salvajes del planeta, Indonesia se encuentra lejos de prescindir de Irian Jaya, la cual se ha convertido en tierra de oportunidades…Aparte de tratarse de un destino turístico emergente (en Jayapura, su capital, existe una pequeña pero activa industria del turismo), como uno de los últimos santuarios mundiales de biodiversidad, amén de hogar de algunas de las últimas tribus contactadas, a fecha de hoy se trata de una inagotable fuente de recursos naturales: su selva tropical, fuente de ingresos a través de la industria maderera y la explotación de yacimientos de cobre, oro y petróleo. Además y dado que Indonesia es uno de los países más poblados del mundo, con más de la mitad de la población del país  alojada en la isla de Java, con apenas el 7% de la superficie del territorio indonesio, Irian Jaya supone un espacio hacia el que poder dirigir sus políticas de migración, lo que permite aliviar la densidad de población de algunas islas como la mencionada, al tiempo que convierte a Irian en una auténtica provincia indonesia; ésto, junto con la gran tasa de natalidad, ha hecho que Papúa haya tenido una gran tasa de crecimiento de población en comparación con otras islas de Indonesia.

Papúa es gobernada por un gobernador y un Consejo Papuano formado por el gobierno indonesio, como una coalición de jefes tribales papuanos, lo que permite dar una continuidad a las costumbres tribales del territorio.

En esta provincia de Indonesia, hay unas doscientas cincuenta tribus; hay quien dice que con más de mil quinientos dialectos diferentes, algunos de ellos conocidos apenas por alguno de sus clanes. Muchos de sus grupos étnicos apenas han tenido contacto entre sí, dada la compleja orografía de la isla, la falta de recursos de sus habitantes y los continuos enfrentamientos que antaño éstos mantenían entre sí. Se sospecha que en el interior de la isla, en las zonas selváticas de mayor densidad, todavía quedan pueblos sin contactar.

Tribus del Valle de Baliem
El valle del río Balien es sin duda el destino más conocido de Papúa, como punto más accesible desde el que iniciar un trek o simplemente asomarse a la cultura de las tribus que habitan estas tierras. Situado en Irian Jaya Central, son aproximadamente unos 30 clanes los que se reparten por una orografía de montañas y valles de nieblas casi perpetuas y ausencia de infraestructura turística; ésto junto con una actividad cotidiana de sus habitantes próxima al neolítico, confieren a la zona un atractivo cada vez mayor para el turista que busca experiencias cada vez más auténticas.

En el valle viven, mayoritariamente, tres pueblos distintos, los Danis (más frecuentemente visitados por las expediciones de turistas), Lanis y Yalis; son denominadas tribus prehistóricas, de acuerdo a las actividades que aún rigen su modo de vida. Son distintos al resto de indonesios y más afines a los pueblos aborígenes  del continente vecino, con su característico pelo extremadamente rizado y  piel negra.
Su característica vestimenta, consiste en una calabaza alargada y hueca llamada koteka para los hombres, donde introducen el pene, fijándola a al cintura con anillos de liana y una faldita vegetal ceñida por debajo del abdomen y que tapa solamente las partes delantera y trasera unidas mediante cuerdas para las mujeres.
Suelen permanecer agrupados en torno a pequeños clanes y viven como cazadadores recolectores o campesinos que practican una agricultura muy básica, basada en el cultivo de la batata, que todavía trabajan con utensilios de piedra fabricados por ellos mismos. Aún hoy, las conchas de caurí son utilizadas como moneda de cambio; no es raro encontrar todavía algún anciano que no conoce con exactitud el valor del papel moneda. Antaño y hasta la llegada de los misioneros eran algo básico y muy preciado en su economía. Del mismo modo, las herramientas de piedra y los utensilios hechos de hueso de casuario, son utilizados con estos fines.
Hombres y mujeres, junto con los niños y los cerdos, duermen separados en chozas redondas con techos de paja. Para un hombre, la posición social la define el número de esposas y cerdos que posee, siendo éstos parte importante de la dote que se debe pagar a la familia de la novia previa al matrimonio. Sin embargo, el cerdo no forma parte de su dieta habitual; el animal, sujeto por dos o más hombres, se sacrifica con una flecha directa al corazón y se cocina de acuerdo también a un ritual definido, con motivo de diferentes ceremonias como nacimientos, bodas o funerales. En lo que respecta a la poligamia, a pesar de las muchas presiones por parte de los grupos misioneros asentados en el valle y de que hoy en día consiguen llenar muchas iglesias, sigue siendo una práctica habitual en el mismo. Del mismo modo, el hombre también decide la amputación de alguna de las falanges de las manos de sus esposas como señal de duelo ante la pérdida de un ser querido, comenzando por la mano izquierda para pasar luego a la derecha, de modo que es muy habitual en el valle ver ancianas con todos los dedos amputados; el dedo pulgar no se amputaba en ningún caso. Actualmente dicho ritual está prohibido por el gobierno indonesio.
La caza es la actividad reservada para el hombre desde la infancia; son adiestrados en la misma, inicialmente cerca de sus aldeas y posteriormente formando parte de partidas   que les llevan varios días. Mientras, las mujeres permanecen en el poblado, cuidando a los niños y a los cerdos y trabajando los cultivos de batata; en el tiempo libre que les queda, aprovechan para trenzar con ramas unas bolsas que cuelgan de sus cabezas y que les sirven para cargar a sus bebés y a los cerdos más pequeños cuando cosechan y en general para trasporte de alimentos básicos.

Motivo de gran interés para el viajero que se adentra en estas culturas, es el canibalismo antaño practicado y actualmente prohibido por el gobierno de Indonesia, aunque no quedan tan lejos las historias de desapariciones de misioneros en distintos puntos de la geografía de Papúa, cuyo mensaje de amar al prójimo queda lejos de la práctica habitual de resolver conflictos y diferencias matando al enemigo y consumiendo partes de su cuerpo con la intención de que el poder de éste pasara a aquel que lo consumía. En relación con ésto, decir que la muerte es uno de los acontecimientos más importantes para estas tribus, siendo de especial relevancia la de los guerreros muertos en combate. El cuerpo es incinerado para que el espíritu abandone el mundo de los vivos y en el caso de guerreros notables, en lugar de ésto, se momificaban y ahumaban, pero los misioneros a su llegada destruyeron casi todas las momias y objetos de culto, con lo que hoy día sólo podemos ver alguna muestra de las mismas.

Asmat y Korowai
En las costas meridionales de Papúa es posible visitar una de las pocas zonas sin explorar que aún hoy quedan en el mundo; hogar de las tribus Asmat y Korowai, los primeros se alojan en un entorno de ríos, pantanos y manglares enmarcados por la costa del Mar de  Arafura y los segundos rodeados de una exuberante selva. Se trata de una zona remota y que dista mucho del relativo desarrollo y accesibilidad del Valle de Baliem.

La vida de los Asmat, pueblo seminómada, gira en torno a los ríos, siendo éstos su principal fuente de alimentos y de transporte; la mayor parte del terreno es pantanoso…un trekking por este área constituye una experiencia difícil de igualar, pero necesitará movilizar un equipo humano especialmente preparado para ello; existen varios asentamientos humanos en el área, creados tras la llegada de los misioneros, donde es posible alojarse haciendo uso de las escuelas (muchas veces en desuso) o misiones que encontraremos en las aldeas.
El resto del mundo conoce de la existencia de los Asmat, debido a su gran habilidad para la talla de maderas, que en occidente ha trascendido, convirtiendose en objetos deseados  por los grandes coleccionistas de arte; la talla es el modo en que se mantiene el contacto con sus ancestros y son utilizadas en ceremonias y ritos funerarios. La mayor representación de arte asmat, está encarnada en el bijs; se trata de un poste en cuya talla aparecen figuras que se elevan sentadas unas sobre las cabezas de las otras en una representación del espíritu de los antepasados y cuya finalidad es mantener viva su memoria.

Amén de lo anterior, la historia de Michael Clark Rockefeller, es otro de los grandes motivos que crean la expectación en occidente hacia el pueblo Asmat, dado su reconocido pasado como cazadores de cabezas y la desaparición de aquel en extrañas circunstancias en el año 1961 cuando se encontraba recabando piezas de arte para el Museo de Nueva York de Arte Primitivo; el cuerpo nunca fue encontrado, a pesar de la intensa búsqueda respaldada por su millonario padre, el Gobernador de Nueva York , lo que alimentó las leyendas de venganza y canibalismo del pueblo Asmat.
La realidad del pueblo Asmat es que, durante los años sesenta, el gobierno indonesio alertado por las historias de cazadores de cabezas, destruyó en gran parte su cultura, prohibiendo sus rituales y esculturas, pero con la llegada de los misioneros norteamericanos a finales de los años cincuenta, se recuperó, incorporando los rituales y arte asmat a sus propias ceremonias.

La etnia de los Korowai, permaneció intacta hasta el 1977, año en el que dos misioneros de los Países Bajos iniciaron su estéril  trabajo de conversión al cristianismo, que 15 años después no había obtenido ningún fruto, dado que los korowai vivían protegidos por la creencia de que un laleo o espíritu maligno que destruiría su mundo, podía presentarse en forma de hombre blanco cubierto con ropas. Es por ello que sus costumbres permanecen hoy prácticamente iguales a las de entonces.
Una exuberante selva rodea la vida de los Korowai; es por ello que construyen sus casas en las copas de los árboles a alturas de hasta 50 metros, con la intención de aislarse de la gran humedad del terreno y poder avistar a sus potenciales enemigos. Hombres y mujeres comparten el mismo techo, si bien en distintas zonas de la casa definidas por fuegos distintos; las relaciones sexuales no están permitidas dentro de las viviendas. Las familias viven en compañías de perros y cerdos cuyo consumo se reserva para celebraciones concretas.
Los Korowai viven principalmente del consumo del sagú, que a la vez que material de construcción es la base de su alimentación diaria; su médula se machaca hasta convertirla en pulpa que se amasa para conseguir una especie de pan y de forma excepcional se consumen los gusanos del sagú, que anidan en las porciones podridas de dicho árbol. Además, son grandes cazadores, básicamente de pequeños mamíferos y  casuaris, ave parecida al avestruz pero de menor tamaño y de la que aprovechan también sus vistosos huevos de color verde.
Se les atribuye también la práctica del canibalismo, hoy día en desuso excepto en el caso de los Korowai Batu, clan que prácticamente rechaza toda aproximación y vive muy adentrados en la selva.


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